Sólo recuerden. No vuelve.

 Es difícil cuantificar cuantos días o situaciones hemos perdido, al grado de esperar volver al momento exacto, donde tomamos aquella decisión pendeja, irreversible, poco favorecedora, que nos costó una lana, una vieja (o dos), una calificación, el éxito que vemos con celo en otro que aceptó, que hizo; quizá haya miles de situaciones qué recordar. Hagan el ejercicio.


Yo he hecho miles de estupideces. Es más, sigo realizándolas consuetudinariamente. Creo que entre las cosas que menos me preocupan es fracasar. No porque sea muy exitoso, solamente porque ya no llevo la cuenta de mis fracasos, y eso es suficiente para olvidar que la vida me entregue al final una boleta con "puros dieces", como dproponía mi mamá para negociarme algún nuevo juguete a cambio de algo, que sinceramente, madre, no nos beneficiaba a ninguno de los dos.

En el campo de la estupidez, del riesgo, del fracaso, me considero experto. He hecho todo mal alguna vez: caí, reprobé, repetí, fallé. Hoy tengo unos cuantos años fracasando. Sin embargo, ésta capacidad de nulo asombro al fracaso, la comparo con la de otros fracasados consuetudinarios. Hoy por hoy, mi círculo de amistades cercanas se compone de fracasados como yo. Llega uno a una etapa, por ahí de los casi y más de treinta, donde te das cuenta que la gente no busca nada, sino solo está evitando que se la lleve el tren, la verga, el chamuco o su personaje favorito de horror. Su miedo más característico es a fracasar. A perder. A caer.

Y ahí estoy yo. El que aún no tiene planes de casarse, y no tiene una hipoteca (suicidio financiero popularísimo, tema de otro post). Y me río, y los veo como les llega el atardecer, como ven crecer su cuenta de afores, y como empeñan las alhajas para pagar sus compromisos, sus casas, para que a la cuenta de algunas décadas, digan con tono de campesino enorgullecido de spot de "Solidaridad": ésta casita es mía. Snif.

Y ahí se nos va la vida hermanos. Intentando no caer, ni pensarlo en público. Burlándonos de quien se arriesga, de quien pierde. Y sólo les puedo decir que la vida no vuelve. Que no nos dan una segunda vida, por trabajar sesenta horas semanales, y que, seguramente, su cuenta de Afores se la van a transear unos culeros de cuello blanco. Y esa casa a la que abonan mensualmente, la están pagando tres veces, y beneficiando a un financiero que anda en sandalias en las bahamas, viviendo la vida que le financían con su mojigatez, y con su miedo clasemediero.

No me importa. Seguiré el fracaso sonoro del cual hago gala, a pervertirme en las entrañas de los miedosos. De los empleados y de los que sacan dieces.

Sólo recuerden. No vuelve.



I've got another confession to make.

 Dije muchas cosas, recuerdo todas y cada una de ellas. Y siguen siendo tan ciertas ahora como cuando las pronuncie. Te prometí muchas cosas, algunas sin importancia, otras con todo el peso del mundo sobre si. Lo recuerdo, todo.


Cuando aquel día, recostados en la cama, te hable de mi pasado, te conté cosas que nunca le había contado a nadie y tu hiciste lo mismo. Después en aquel viaje caótico y triste te mostré con hechos el significado de mis palabras. Cuando me fui de la casa, no me llevé nada, sólo una promesa.

Sabía en lo que me metía, sabía que tu no sentías lo mismo que yo. No me importó, estaba consiente de que yo tenia todas las de perder, y de hecho, perdí. Pero eso no tiene nada que ver con aquella confesión, aquel compromiso que adquirí conmigo mismo y que –tal vez por error- compartí contigo.

Eras mi última oportunidad, mi último intento. La última vez que me permitiría sentir de esa manera. Cuando has fracasado tantas veces, llega un momento en que es inevitable abrazar la derrota, aceptar que ese no es tu camino y que nunca lo fue, por más que lo intentes. Estaba convencido de eso, sigo estándolo.

Y lo he cumplido, clausuré esa parte de mí y puse un cordón de seguridad alrededor. Nada puede atravesarlo, en parte porque yo no lo permito y en parte porque no es algo que pueda suceder por si solo. Y ahí sigue todo aquello, intacto como el primer día; inmaculado, únicamente ensombrecido por el abandono y el olvido.

Te dije todo aquello y me escuchaste con pena y –supongo- dolor. Fue un peso muy grande el que puse sobre tus hombros, lo sé y lo siento. Pero no era mentira; si aquello no funcionaba, yo me retiraría definitivamente, me retiraría de todo el exterior, viviendo solamente de lo que llegara cada día, pero nunca, nunca más de aquello que exprimía de ti.

Y ha pasado mucho tiempo; tiempo durante el cual he cumplido sin problemas ni lamentaciones. Todo sigue en pie.

Pero, ¿Sabes? Hay cosas que pasan por si solas; cosas que aunque sostengas en tus manos, simplemente no puedes tocarlas. Hay cosas que pasan por el rabillo del ojo y apenas puedes verlas, pero ahí están. Hay veces que uno no puede rendirse, que no puede abandonarse.

Te dije que aquello era el fin. Me prometí que me rendiría y que no lo intentaría más, y así es; por eso mismo no puedo hacerlo. Siempre cumplo mis promesas, pero a veces las promesas no pueden cumplirse. A veces uno tiene que hacer lo que sea necesario, a veces uno tiene que darse por vencido solamente para seguir adelante. ¿No?







repost del año .....

 otro mas , jajaja twiter eres un culero




post retro del año .....


jajaja al menos sabia que musica me gustaba



 

Mire, ni usted ni yo:

 Mire, ni usted ni yo: usted dice que diez y yo digo que quince; vamos a dejarlo en trece y le pongo uno de pilón.


Dime cómo regateas y te diré quién eres. El que sabe regatear es porque mucho ha buscado en la vida, y el que no se deja a la primera es porque mucho tiene que perder. Pero sólo los años enseñan a regatear: cuánto tienes, cuánto vale, cuánto quiero, cuánto puedes. Y si se trata del corazón, o sabes regatear, o te carga la chingada.

Los más divertidos son los regateos familiares. No nos hagamos: algo tienen los otros que queremos, algo tenemos que los motiva a soportarnos. Sea la foto familiar para fingir estabilidad, sea la auténtica relación filial, nadie da nada por nada ni en el momento de mayor generosidad: el amor incondicional suele venir acompañado de una esperanza de no acabar solos en un asilo de ancianos, o de tener un donante de riñón en caso de ser necesario.

Los regateos de oficina son de hueva. Desde el regateo inicial, en donde el que pide siempre está en desventaja –pinche sueldito de mierda, pero si desde el principio debí haber pedido más-, hasta las horas extras que se negocian como si de tomates se tratara: pero si necesito que te quedes hoy en la tarde; pero es que tengo un compromiso; pero es que recuerda que te dimos el medio día que pediste; pero estoy poniendo mi carro, eso también cuenta. Regateos malogrados plasmados en un cheque de poca monta; y otra vez, y otra vez.

Regatear con las mascotas es como ensayar para cuando llegue la grande. La técnica se pule luego con los hijos. La práctica se conserva con un padre anciano.

Los regateos del corazón, esos son los complicados. Ándele güerita, que al cabo se la va a pasar bien. Que la mercancía que traigo no la va a encontrar en otro lado. Que le traigo un modelo antiguo, pero que es original; que a estas alturas ya se le llama de colección. Que si yo le doy mi corazón, luego con que me quedo, oiga. Que si me lo das o que si te lo presto. Que me gusta oírlo cantar mientras yo le hago las cuentas. Que ándele, que le voy a poner dos al precio de uno y medio. 

Hasta que la negociación se va a la chingada: usted no está dispuesto a bajarse marchante, y así, nomás no me sale. 



“Comenzar de nuevo”

 “Comenzar de nuevo”: una de las máximas favoritas de los seres humanos. He de reconocer que suena bien la frasecita. Se lee esperanzadora. Incluso poética. “Comenzar de nuevo”. ¡Ahijuesupinchemadre! Hasta chinita se pone la piel.  


Pensamos en "un nuevo comienzo" –lo que sea que eso signifique- y de inmediato aparece frente a nosotros una carretera que se pierde en el horizonte; un camino iluminado por esos rayos de sol que bajan como columnas de entre las nubes para indicarnos el trayecto.

La incertidumbre provoca efervescencia en el cuerpo. Lo inmaculado siempre emociona. La perfección, obsesiona. Supongo que por eso los humanos tienen ese afán de “volver a empezar”. Cada que “empiezan de nuevo” -según ellos- pretenden borrar por arte de magia una historia imperfecta; un pasado que no es otra cosa que experiencias, que no son otra cosa que alimento para el espíritu –lo que sea que eso signifique- y la memoria. 

Imagino que quienes agarran esa filosofía de Empezar de Nuevo se ven a sí mismos como máquinas. Como computadoras que fallan y deben obedecer a una voz divina que les dicta: “Apágate y vuélvete a encender”. Y nada cambia. El disco duro sigue igual. Con todos los archivos y el historial. Supongo también que estas personas ven la vida como si fuera el cartucho de un videojuego al que pueden resetear cada que la cagan o les toca un nivel difícil. Si van a darle reset, neta que mejor ni jueguen. Nomás se hacen tontos. Porque todo eso que quisieran borrar, los convirtió en lo que son, y lo cargarán por siempre. Por eso son patéticos quienes apenas avanzan diez pasos y quieren volverse a poner en sus marcas para escuchar otro disparo de salida. Quieren salir con ventaja y regresar a la línea de arranque cada vez que alguien los rebase o se tropiecen o se lesionen. Y ni empiezan ni avanzan ni acaban y nomás se hacen pendejos como el perro que se corretea la cola.

A mí me gusta más el “Continuará…” que el “Había una vez…” aplicado una y otra vez hasta el infinito. Y sí: en algún momento de mi vida llegué a pensar que cada cosa nueva que hacía era un nuevo comienzo. Hasta que me pareció absurdo, pues comprendí que nada termina. Ni siquiera con la muerte. Todo es un proceso eterno de transformación. Por eso en lugar de “empezar de nuevo”, decidí hacer pausas. Preferí poner puntos suspensivos; cambiar de equipaje y recorrer otros caminos.

Creo que se fantasea con los nuevos comienzos porque, en el fondo, estamos conscientes de que el mundo empezó mal y que, posiblemente, la única solución para mejorarlo, es destruirlo y construir uno nuevo. Es el peso eterno de la imperfecta naturaleza humana obstinada con alcanzar la perfección.  

No pretendan volver a empezar. Volver a empezar es un placebo. Empezar de nuevo es quemar las naves y nunca nadie las quema del todo. Volver a empezar es destruirlo todo y no se puede empezar de la nada. Es caminar en cámara lenta hacia adelante mientras una cortina de humo y fuego se eleva a nuestras espaldas, como en las películas mamonas. No pretendan hacer borrón y cuenta nueva. Eso existe sólo en su imaginación. Caminen en cámara lenta mientras a sus espaldas se queda todo lo bueno, lo malo y lo inservible. Volteen de vez en cuando, para que sepan que ahí sigue, y reafirmen lo que son gracias a lo que dejan atrás para continuar; que es lo que nos empuja para avanzar en ese camino que se aparece enfrente, iluminado por los rayos del sol y que se pierde en el horizonte.



De noche...

 De noche y desde lo alto la ciudad parece el tablero gigantesco de una torre de control. Si te sientas al borde del mirador del cerro o en la orilla de alguna azotea sentirás que piloteas el mundo dentro de una cabina de vuelo a cielo abierto. Pero apreciar la ciudad desde abajo también tiene su encanto. Recorrer sus calles iluminadas es dejarse arrastrar por el torrente sanguíneo de un ser penumbroso que padece una enfermedad terminal, que brilla sólo para ser más llevadera. Lo que más disfruto es el efecto de barrido de las luces cuando giro la cabeza hacia cualquier otro lado: se asemeja a las fotos nocturnas sin flash cuando el pulso no es muy bueno; como si cada foco cobrara vida, como luciérnagas eléctricas grafiteando la oscuridad. Y es entonces que todo cobra sentido y se vuelve tan vibrante como en un sueño que se esfuma al amanecer. 






auroras boreales

 Quisiera hacer un viaje lo más al norte del globo terráqueo con el único propósito de observar narvales. Narvales y auroras boreales. ¡Imaginen la combinación! Estoy seguro que la experiencia le volaría la mente a cualquiera. Sería un viajesote en los cinco sentidos.


Siempre he pensado -muy cursi mi pensamiento, por cierto- que los narvales y las auroras boreales existen sólo para recordarnos que en este planeta aún hay rescoldos de magia. Aunque la razón existencial de estos seres y fenómenos luminosos esté perfectamente documentada por la ciencia, siguen siendo algo mágico.

Tal vez parte de lo más chingón de no haber visto nunca en vivo ni una cosa ni la otra, es eso: que permanecen como un sueño, como algo que sólo existe en un universo fantástico dentro de un mundo que nos horroriza cada día más.

Tal vez la mayoría de los hombres perdieron toda capacidad de asombro y por eso es mejor que ciertas cosas permanezcan como ilusiones inalcanzables. Pero no para quienes conservan las ganas de maravillarse.

Por eso quisiera viajar muy al norte: para ver narvales y auroras boreales. Cocinar con los inuits. Reconciliarme con las temperaturas de menos veinte grados centígrados. Escuchar el aullido de las ventiscas polares. Dormir en un iglú sepultado entre pieles de caribús. Contemplar los destellos del cielo septentrional, como si las interminables planicies heladas se reflejaran y bailaran en la noche.



Hoy,..re post

 Hoy, a mis 35, amaneció como me gusta: nublado. La gente y la ciudad siguen siendo las mismas y no espero que cambien; simplemente porque hoy amaneció nublado. Porque las nubes son como un telón gris que cae y esconde todo lo malo. Un telón que se despejará por la tarde esperando que el escenario quede limpio e iluminado.


Si me baso en la expectativa promedio de vida de las personas, hoy llego a la mitad de la mía. No es que me esté sugestionando ni nada por el estilo, simplemente así es. Dependerá de mí y mis circunstancias vivir más o vivir menos. También dependerá de mí sentir que estoy vivo; depende de mí la intensidad que le aplique a los días por venir, viva más o viva menos que el promedio de la gente.

Llegué aquí, a mis 35, con la rapidez que un mago aparece una paloma; por lo que estoy consciente que en lo que la desaparece, estaré en la otra mitad. Es un instante. Un parpadeo. Un balonazo en la cara. Casi 13 mil días que se sienten como 13 segundos.

No es nada nuevo lo que les estoy diciendo. Se la pasan repitiéndonos lo mismo desde que nacemos: que si la vida es corta, que si hay que vivirla como si fuera el último día, que si hay que ser feliz, que si esto, que si lo otro. Nos lo dicen tanto que ni siquiera lo razonamos, que ni siquiera lo sentimos. Nos lo dicen tanto que nomás repetimos lo mismo, como cotorros, sin estar conscientes de la tragedia tan chingona que es vivir. Si en realidad viviéramos los días como si fueran los últimos, el mundo sería otro. Nuestro mundo interior sería otro. Yo aprendí eso en esta ciudad. Quizá sea lo único que voy a agradecerle: el haberme hecho consciente de que cualquier día te pueden matar nada más porque sí. Y ahí es cuando te sientes valioso. Ahí es cuando te pesa saber lo que perderá el mundo si tú faltas. Ahí es cuando sientes rabia de que mueran los chingones y sigan vivos los inútiles. Y la rabia es buena, porque te desapendeja y te lleva a la acción.

A mis 35, te lo digo: debes estar bien consciente que como llegues aquí, posiblemente así será el resto de lo que te queda de vida. Si eres celoso, serás más celoso y enfermarás de celos; si eres intolerante, lo serás más con los años y te volverás odioso e ignorante; si eres un pendejo, morirás siendo un pendejo. Busca tu libertad, tu luz, tu paz, tu felicidad, tu como-quieras-llamarlo, pero búscalo –o búscate- y no te permitas ser el mismo que llevas siendo toda la vida ni permitas que toda tu vida sea la misma que es o lo que dicen los demás que debe de ser. Si no estás conforme, búscalo. Hazte un favor y conócete y sé tú y no seas el que aparentas ser para mantener una felicidad ajena o un estatus quo comodino y frívolo.

También espero que cuando llegues a este punto en el que me encuentro –o si ya lo pasaste-, hayas aprendido a tomar las decisiones correctas. Ésas siempre sabemos cuáles son. ¿Sabes cuáles? Las más difíciles. Las que más te dolerán. Ésas son. Espero que si tomaste las decisiones incorrectas, o si alguien o algo las tomó por ti, haya vuelta atrás. Espero que no te arrepientas de nada de lo que hayas hecho, siempre y cuando lo hayas hecho acorde a tu esencia, congruente con tu pensar y haya sido una acción honrosa de tus sentimientos más profundos.

Recuerda no privarte de emociones, sobre todo de las que brotan espontáneamente; pero tampoco prives a los demás de ellas ni las confundas con lo visceral. No le digas no a nuevas oportunidades, pero tampoco le digas que sí a todas -aprende a elegir- y respeta a quienes no quieren tomarlas. Allá ellos. No tengas miedo y, cuando lo tengas, que sea sólo para asegurar tu supervivencia. El miedo a veces es bueno. Es convenenciero. No te andes con mamadas, no le pegues al valiente ni seas un déspota. Aprende a leer a la gente con sólo mirarla a los ojos o escucharla hablar. No pierdas el tiempo con pendejos. Busca a quienes te dejarán algo de provecho, aunque sea una anécdota divertida. Aléjate de quienes nada más hablan del trabajo y de la inseguridad y de cómo hacer más dinero y de que "no hay de otra más que seguirle chingando". No es que me haya costado 35 años comprender esto, lo que pasa es que posiblemente me queden sólo 35 más y no quiero ser otra persona que no sea yo ni quiero que otros vivan o dirijan mi vida.

Debes de nacer viejo, pensar como viejo, sentirte viejo, actuar como viejo, para así poderle encontrar el poco sentido que tiene la vida. Sólo siendo un viejo podrás volver a ser joven y mantenerte joven.

Y no, ni te estoy aconsejando ni te estoy motivando ni nada. Nomás te digo lo que a mí me ha funcionado para “abrir los ojos”. Cuando “abras los ojos”, cuando te sientas pleno por dentro por méritos propios, tanto mentales, materiales y espirituales; cuando encuentres ese equilibrio que descifre el manual de cómo vivir de acuerdo a ti para así poder vivir rodeado de los demás, entonces será el primer día de tu vida.


Las hojas acompañan mis pasos...

 La brisa de otoño y las hojas que arranca caminan conmigo. Aunque en el fondo ellas saben que fui yo quien decidió caminar a su lado.


Algunas hojas rozan el empeine de mis zapatos. Otras de color más pálido me regalan un crujido suave al dejarse pisar.

Las hojas acompañan mis pasos siempre y cuando no vaya en contra del viento.

Antes me gustaba ponerme de frente al viento. No era por llevarle la contra, era simplemente caminar, volver la vista atrás y pensar que todas esas hojas rodantes eran el montón de ofensas, fracasos o algo desagradable que pretendía olvidar. Creía que el viento, haciéndome un favor por dirigirme hacía él, se las llevaba para siempre.

Pero el lugar de donde nace el viento es como ir a donde comienza el arcoíris: no puedes llegar.

Entonces retomé lo que todos sabemos: que la Naturaleza es la Naturaleza y sólo por eso es sabia y perfecta. Deduje que si el viento soplaba hacia determinada dirección era porque la Naturaleza así lo quería.

Por eso mejor decidí caminar con la brisa de otoño y las hojas que arranca. Ahora no miro hacia atrás, pues la corriente de aire empuja las hojas hacia adelante. Hacia donde voy. Dejé de ver las hojas como todo lo funesto que quisiera olvidar y decidí verlas como novedades y oportunidades. Algo que me espera en el lugar donde el viento dejará de soplar a mi espalda y soplará en mi rostro al llegar.





Cuando medí mi mano.

 Sería en la secundaria o en la prepa cuando por primera vez medí mi mano con la de una chava.

 Es el primer y mejor pretexto para tocar a la mujer que te gusta o de la que estás enamorado en secreto.

“Uy, qué chiquita tienes la mano”, le dije, y se río mucho, para después tomar una actitud retadora. 

Me tomó por la muñeca y la puso palma a palma con la suya. “Ay, pero si nomás me sacas una puntita”, dijo, y encorvé mis dedos como garras retractiles de felino para doblar los suyos.

 Ella hizo lo mismo sonriendo y gruñendo; como jugando luchitas.

 Me doblé y me dejé ganar.

 Reímos mucho y efervescí de los pies al pecho. Fue un instante eterno.

Así quisiera sentir a diario, porque así me sentí por muchos años: instantes inmortales, inocentes y espontáneos cargados de pasión.

Y espero que ese largo corredor que se pierde con la noche -alguna metáfora de la vida- siga iluminado; aunque tenga que recorrerlo solo... siempre con la esperanza de que otra vez se crucen nuestros caminos.



- Tú no me amas, DRAGO....

 - Tú no me amas, DRAGO....

- Ahchingá. ¿Por qué dices eso?

- Porque no quieres tener hijos conmigo...

- Mamacita: yo no quiero tener hijos con nadie.

- Un hombre que ama realmente a una mujer, PERO REALMENTE, quiere tener de perdido un hijo con ella: esa es la mayor prueba de amor que puede darle un hombre a una mujer. Me conformo con que lo sintieras, aunque no tuviéramos hijos.

- Pues no creo que así sea. Qué mayor prueba de amor quieres a ésta: a que yo no quiera partir, compartir o repartir el amor que te tengo con nadie más; ni siquiera con un hijo.



RICOLINA....

 La miro desnuda y se tapa con el edredón. La destapo y se vuelve a tapar.


-Yaaaaa... no me veas...
-Es que estás bien ricolina...

Ríe. La vuelvo a destapar.

-Yaaaaa...
-Es que estás bien ricolina.

Vuelve a reír y se vuelve a tapar.

-Y eso que yo no como chocolate. Imagina cuánto me gustas -le digo.

Sonríe, se arrastra por las sábanas y me abraza. Le aprieto una nalga: está suavecita, como bubulubu.
Nos quedamos dormidos. Esa noche sueño que estoy en la fabrica de chocolates de Willy Wonka... Y eso que a mi no me gustan los dulces
.







¿Me amas?

 - ¿Me amas? -pregunta.

- Sí, mi vida, sí te amo mucho -respondo mientras me rasco los huevos recién exprimidos de semen.
- ¿Por qué?
- ¿"Por qué" qué?
- ¿Por qué me amas? No te hagas güey.
- Porque...eeee...
Silencio abrupto. "¿Qué preguntas son esas?", pienso.
- ¡Ash!, ni siquiera sabes por qué me amas.
- No. No es eso, preciosa. A ver: Dime tú por qué me amas -contraataco.
- ¡Ash, Drago!: me caga que me respondas con una pregunta que yo te hice primero.
- Pues tú debes de saber la respuesta para haberme preguntado eso.
Pone cara de "tú-y-tus-pinches-mamadas-pseudo-filosóficas-psicológicas".
- Te amo porque estoy aquí contigo -le digo.
- ¿Nomás por eso?
- ...y porque me gustas mucho.
- ¿Nomás por eso?
- Por eso y muchas cosas más.
- "...ven a mi casa esta navidad", como decía la canción ochentera, ¿o qué?
- Ya mi amor. No estés chingando... -acaricio su barbilla.
- No, no estoy chingando. ¿Por qué me amas? ¡Dime!
Y le digo lo primero que me nace de la pechuga:
- Te amo porque siempre que me hacían esta pregunta, no tenía una razón; y ahora tengo tantas que me dejan mudo.



-Por favor no vuelvas a decirme que estoy en un lugar tan a gusto sin ti –respondí.

 Jamás me han incomodado los silencios largos, sin embargo, lo rompiste.


-Siempre tienes la mirada perdida… Quién sabe en dónde…. Y no es reproche, te lo juro; nada más quisiera que algún día me dijeras en qué estás pensando… que algún día pudieras llevarme ahí… donde estás tan a gusto sin nadie… sin mí.

Recuperé el sentido. Tus palabras me jalaron y metieron de golpe en la realidad de aquella noche serena. Te abracé.

Y sí, lo acepto: andaba vagando por ahí. Remando en un pantano de Oaxaca. Dormido en el vagón de un tren que cruza la sierra nevada de Chihuahua. Caminando descalzo por una playa limpia y llena de conchas. Arrastrando maletas en un hostal con pasillos a media luz en Brujas. En el elevador de la torre Eiffel. En un callejón empedrado con bicicletas por todos lados en Ámsterdam. Haciéndome entender con un nigeriano en un andén de trenes en Londres. Descifrando el mapa de un zoológico para encontrar la jaula de los leopardos de las nieves. En un avión de regreso con barba de 15 días y los bolsillos vacíos. Cenando en los tacos más ricos y más baratos del mundo. Perdido en el fondo de una cacerola con agua hirviendo y pasta. En un juego de Scrabble. En una mesa puesta para cenar, con galletas saladas, atún con chile, tomate y cebolla y vino espumoso de ése que a nadie le gusta.

-Por favor no vuelvas a decirme que estoy en un lugar tan a gusto sin ti –respondí.



-¿No te gusta sentirte perdido y en el fondo saber que siempre habrá un camino?

 Desperté muy temprano. Sentí como si tuviera tierra en los ojos.

Giré para mirar al otro lado de la cama. Ya estaba despierta. Me sonrió con el rostro aún inflamado por el sueño. Le devolví la sonrisa.

-No me quiero bañar.
-No te bañes.
-Llevo cuatro días sin bañarme.
-Yo llevo cinco.
-Pero tú nunca hueles feo.
-Tu tampoco, preciosa.

Hice el edredón y las sábanas a un lado. Me puse de pie sobre el piso frío. Olí mis axilas. No olían mal. De todas formas saqué el desodorante de uno de los compartimentos de la mochila. Me embadurné los sobacos y después se lo pasé a ella, que hizo lo mismo. Me enfundé la chaqueta, el gorro y los zapatos deportivos.

-Listo, ¿nos vamos?
-Vámonos -dijo riendo y negando con la cabeza.
-¿Qué pasa?
-Nunca imaginé que podría hacer esto.
-¿Que podrías hacer qué?
-No bañarme... Andar tantos días con la misma ropa y que no me importe.

La abracé y besé su mejilla colorada por la gélida mañana.

-Vámonos.
-¿Y los demás?
-Apenas se han de estar despertando. En lo que se bañan y arreglan vamos a perder dos horas.
-Vámonos entonces.

Nos pusimos las mochilas al hombro y salimos del hostal tomados de la mano.
Nuestro aliento era una fábrica de nubes que se disipaban entre las calles empedradas de un país que nunca imaginamos conocer.

-¿Sabes hacia donde vamos? -preguntó.
-No... No le entiendo ni madres a este mapa.

Me arrebató el plano que se agitaba con el viento entre mis manos, lo hizo bola y lo depositó en el contenedor de basura a un lado de la parada del tranvía.

-¿No te gusta sentirte perdido y en el fondo saber que siempre habrá un camino?

Caminamos sin rumbo, tomados de la mano, por las calles empedradas de un país que nunca -ni en sueños- imaginamos conocer.





Siempre me acuerdo de mis sueños

 Soñé que viajaba por carretera bordeando las costas de Alaska. Detenía la marcha, bajaba del coche y me sentaba sobre las piedras oscuras de la playa a contemplar el oleaje. Una familia de narvales salía a respirar muy cerca de donde estaba. Bufaban y rociaban agua al viento. Hacían piruetas, esgrimían sus cuernos y se alejaban. La brisa helada y el salitre envolvían mi rostro. Una aurora boreal revestía el cielo nublado. Rojos, verdes, morados y amarillos destellaban ante mis ojos, hasta disolverse en la oscuridad.


Luego, desperté.

En el desayuno me preguntaste qué había soñado. Siempre te han interesado los sueños y sus interpretaciones.

-No me acuerdo –mentí.

Serviste café en una taza y vertiste el agua de papaya de la licuadora en un vaso. Bebimos al mismo tiempo. Me miraste con sospecha.

-Qué raro… Tú siempre te acuerdas de lo que sueñas.

En efecto. Siempre me acuerdo de mis sueños. Simplemente no quiero que sepas que, algunas veces, sueño cosas hermosas que no son tú.



Mientras tanto...

 La luz del amanecer siempre es amarilla dentro de esa habitación. Miran hacia la ventana. Se frotan los pies bajo las sábanas. Los suyos contra los de ella y viceversa, como si pedalearan juntos rumbo a un sueño que durante la noche se desvaneció.

Ella se da cuenta que él se dejó una astilla en la uña del dedo gordo antes de dormir, cuando no encontraba el cortauñas que estaba tirado bajo la cama. Siente un ligero raspón en la pantorrilla, pero no dice nada.
Terminan el ritual cuando entran en calor. Permanecen en silencio, bajo las sábanas, mirando la ventana que enmarca la fría mañana.

-¿Te has puesto a pensar que en esto se va a convertir el resto de nuestros días?
-No... ¿por qué me preguntas eso?
-Me da miedo que te dé miedo.
-Me sorprende. Sabes que no me gusta pensar a futuro.

No esperaba esa respuesta. La práctica sabiduría de la mujer que está a su lado lo tranquiliza y provoca que la abrace con más fuerza. Frota sus pies contra los de ella y le clava de nuevo la astilla que dejó en su uña.

Mientras tanto, allá afuera, seguía fabricándose el fin del mundo.



Sonó la alarma del despertador

 Se nos espantó el sueño durante la madrugada. Me paré a miar y regresé corriendo a meterme en la cama. Mi peso y el jaloneo de las cobijas la despertaron, aunque intenté ser delicado. Le pedí perdón y sonrió. Me confesó que ya estaba despierta: que mis ronquidos la habían levantado minutos antes. Sonreí y le volví a pedir perdón.


Ya no dormimos. Platicamos un chingo.
Podía distinguir su sonrisa y su mirada atenta en la penumbra.

“La igualdad de derechos y oportunidades para mujeres y gente de raza negra se creó con el único fin de cobrarle impuestos a la otra mitad de la población mundial. Todo lo que parece bueno en realidad tiene un trasfondo macabro”.

“Espero que todos los pinches mocosos que hayan visto Wall-E hayan captado el mensaje y lo ponga en práctica cuando dominen el mundo. ¡Qué peliculón!”.

“No te dije… ¿Te acuerdas del Starbucks que pusieron a lado de la casa donde viví de niño? Bueno, pues lo van a cerrar. Ojala quiebren todos a chingar su madre. ¿Que se van a perder muchos empleos? ¡Qué bueno! A ver si así la gente aspira a tener mejores trabajos y a crear empresas que compitan contra la mierda gringa que nos imponen”.


Rió varias veces. No sé si le gusta que esté peleado con el mundo o simplemente le dan ternurita las pendejadas que digo.

La luz de la mañana clareó el cuarto. Los soles negros de nuestras retinas se encogieron un poco y una lagaña transparente en medio de mi ojo hizo que viera puntitos de colores en el aire.

-Así quisiera que fuera el resto de mi vida –dijo.
-¿Cómo?: ¿que fuera navidad todos los días?
-N´ombre, güey, ja ja ja… Así: sin hora para dormir, sin plática que haga falta, sin hora para despertar… Con ningún compromiso que cumplir.

Sonó la alarma del despertador a la media hora. Lo bello dura poco.
El viento apagó el bóiler por la noche. Nos vestimos temblando y sin bañar. Ella se fue a hacer sus pendientes laborales. Yo manejé al negocio con un gallo en el poco pelo que tengo, decidido a ser el campeón en ventas de cajas de cartón navideñas. Decidido a que, algún día, nuestros días sean así, como ella dijo.



primera entrada del año

Pues ha sido raro estos últimos días , bastante raros para ser honestos, pero bueno mañana con más calma escribo de ello.